miércoles, 23 de junio de 2010

Time

No fue una casualidad entre un trillón. Fue él quien, por decirlo en boca de los que gustan hablar así, llamó a la puerta del destino. Su decisión de pedir a Jane un inocente favor cambió para siempre las riendas de su vida. Fue un extraño y sencillo cambio de cochero. Y en lugar de llegar al punto A alcanzó en cierto momento el punto H, dejando muy atrás momentos probables de su vida, como el C o el D, que no habrían distado tanto del destino original.

Sucedió así:

Jane, tú sabes que yo siempre llego tarde…
Ahá.
¿Cuánto de tarde?
No sé, Phil, no sabría decirte…
¿Dirías que…?
…suficiente para sentirme molesta.
Ya. ¿Muy molesta?
Depende del día. Como ya te conozco yo misma suelo llegar diez minutos tarde.
Diez minutos. Es decir, dirías que la media de mis –buscó la palabra- demoras sobrepasa los diez minutos.
Sí. A veces son veinte minutos. No hay nada de nuevo en esto, Phil, ¿por qué ahora…
Quiero cambiar eso. No pienso llegar siempre diez minutos tarde en mi vida. Es mucho tiempo para depende qué situaciones.

Jane calló.

Voy a adelantar el reloj.
Pero Phil, eso ya…
Escucha. Sé lo que vas a decir. Que eso ya lo he hecho en más ocasiones. Y al final ya sé cuántos minutos de adelanto lleva el reloj. Y acabo por deducir ese tiempo de mi reloj mental. Perfecto: eso no va a pasar más. Vas a ser tú quien decida cuántos minutos de adelanto tendrá mi vida. Y nunca me lo dirás. Pasarán los años y yo me regiré por el reloj que tú me hayas impuesto. Y como nunca podré saber si el tiempo corre dos o dieciséis minutos por detrás tendré que asirme al tiempo que tú hayas decidido establecer. No podré correr el riesgo, pues nunca sabré la hora real.
¡Estás como una cabra!
Sí. Quizá. Pero es la única forma. Te parecerá una estupidez pero lo he pensado detenidamente. Por supuesto, no adelantarás una hora mi vida. Ni un minuto tampoco. Te moverás en un margen entre dos y veinte minutos, un margen real. Y así la incertidumbre será real. Pasados tres meses cambiaremos ese tiempo, lo alargarás o lo acortarás, pero siempre dentro de ese margen. Es evidente que yo trataré de jugar a adivinar en qué límites te mueves. Pero Jane, tendrás que ser lista. Y manejar mi tiempo de una forma en la que jamás sepa si vivo cinco, diez o quince minutos por delante. Y así, si eres capaz de engañar y manipular mi reloj mental, podré vivir siempre un poco adelantado. Un breve margen de error que me permita vivir en esta dimensión. Con perdón por la exageración.

Jane pensó un tiempo. Y acabó por entrar en el juego de Phil, adelantando su reloj dentro de los márgenes reglamentarios.

Fue así que cambió su vida para siempre. Tenía Phil entonces diecisiete años y Jane dieciséis. Ninguno supo nunca que todos los minutos que Jane fue adelantando y atrasando siempre dentro de los márgenes que Phil había establecido evitaron o pospusieron multitud de acontecimientos: dos touchdown y el campeonato universitario, un suspenso en matemáticas, un leve accidente de moto, el robo de una pulsera, la sopa derramada por la mesa, un fox-terrier que nunca fue mascota de nadie… Quizá incluso cambios que no podemos ni debemos juzgar ahora: un accidente múltiple en Perth, una medalla de plata de un keniata, la caída de un presidente uruguayo por un caso de corrupción…

Phil.
¿Sí?
¿Por qué nunca te gusté?

Habían pasado cincuenta años.

Phil calló. Miró su reloj y se preguntó qué hora sería, si le daría tiempo a visitar la tumba de su mujer en el cementerio de Austen Hills…

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